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La huida

  La luna llena iluminaba de manera tenue sus rostros. Las tres mujeres se alejaban lo más rápido que podían de su cazador. Faltaban un par de horas para que se cierre el portal más cercano que las comunicaba con el más allá. La más joven, una muchacha con rasgos indígenas, no dejaba de gritar preguntando por sus hijos. La seguía de cerca, Ubume , una mujer asiática cuyos pechos aún estaban cargados de leche. Y más atrás, la que menos temor tenía. Una mujer con un cuerpo envidiable y uñas afiladas, que escondía su larga cabellera bajo una capucha. A un kilómetro, montado en su caballo el ex sacerdote Vincent   seguía sus rastros. Un hombre corpulento, de no más de 40 años, pelo corto cobrizo y una barba sin afeitar desde hace semanas.  No contaba con más armas que un crucifijo, un hacha y agua bendita. Este líquido era el único que permitía dañar a sus perseguidas. La vieja Biblia gastada chocaba con violencia dentro del bolsillo de su gabardina, tras los galopes del ...

Cambio de pieles

 Videos introductorios: Capítulo 1: el vuelo postergado Era víspera de año nuevo, el aeropuerto de Chicago suspendió todos los vuelos por una feroz nevada. Muchos latinos quedaron varados y tuvieron que pasar el año nuevo en la terminal, esperando que se reprogramen sus vuelos. Para los que viajaban en familia, no fue tan duro. Los que estaban solos o, mejor dicho; a miles de kilómetros de sus seres queridos… fue devastador. Se habían perdido la navidad y ahora pasarían año nuevo lejos de los suyos. Llantos y horas de video llamadas no lograron aplacar esa desazón. Las mesas de los cafés estaban llenas, por lo que los solitarios debían compartir mesa. El azar juntó a cuatro latinos de mediana edad: un profesor mexicano (Eduardo), un contador argentino (José), una esteticista cubana (Liliana) y una ingeniera guatemalteca (Johana) en una mesita. Todos estaban por trabajo y viajaron hace ya diez días, para volver antes del 31 de diciembre.   El argentino buscó en la carta de ...

Bar Filólogo

  Era 1970, recién llegaba a Buenos Aires. Después de un viaje en colectivo de más de doce horas, quería estirar las piernas. Eran casi las 9 de la noche. Caminé cerca de media hora buscando una iglesia, quería agradecer frente al sagrario que había llegado sano y salvo. Lo único que encontré abierto fue un bar. Se llamaba “Filología”, entré y era el clásico bar de caballeros. Todos los muebles de madera, la barra larga y una exhibición de cientos de botellas a medio consumir. Seis u ocho mesas de madera, rodeadas de sus sillas, alumbradas por una luz tenue. Lo único llamativo era que en vez de los cuadros colgados, adornando las paredes, había estanterías repletas de libros. Me acerqué a la mesa que compartían dos caballeros y antes de poder preguntarle si conocían alguna iglesia o capilla abierta, me invitaron a sentarme. -        Bienvenida señorita, me llamo Jorge Luis. Soy antifútbol, antiperonista y ateo. Mi comida favorita es la japonesa -...