La luna llena iluminaba de manera tenue sus rostros. Las tres mujeres se alejaban lo más rápido que podían de su cazador. Faltaban un par de horas para que se cierre el portal más cercano que las comunicaba con el más allá. La más joven, una muchacha con rasgos indígenas, no dejaba de gritar preguntando por sus hijos. La seguía de cerca, Ubume , una mujer asiática cuyos pechos aún estaban cargados de leche. Y más atrás, la que menos temor tenía. Una mujer con un cuerpo envidiable y uñas afiladas, que escondía su larga cabellera bajo una capucha. A un kilómetro, montado en su caballo el ex sacerdote Vincent seguía sus rastros. Un hombre corpulento, de no más de 40 años, pelo corto cobrizo y una barba sin afeitar desde hace semanas. No contaba con más armas que un crucifijo, un hacha y agua bendita. Este líquido era el único que permitía dañar a sus perseguidas. La vieja Biblia gastada chocaba con violencia dentro del bolsillo de su gabardina, tras los galopes del ...