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Bar Filólogo

 


Era 1970, recién llegaba a Buenos Aires. Después de un viaje en colectivo de más de doce horas, quería estirar las piernas. Eran casi las 9 de la noche.

Caminé cerca de media hora buscando una iglesia, quería agradecer frente al sagrario que había llegado sano y salvo. Lo único que encontré abierto fue un bar. Se llamaba “Filología”, entré y era el clásico bar de caballeros. Todos los muebles de madera, la barra larga y una exhibición de cientos de botellas a medio consumir. Seis u ocho mesas de madera, rodeadas de sus sillas, alumbradas por una luz tenue. Lo único llamativo era que en vez de los cuadros colgados, adornando las paredes, había estanterías repletas de libros.

Me acerqué a la mesa que compartían dos caballeros y antes de poder preguntarle si conocían alguna iglesia o capilla abierta, me invitaron a sentarme.

-       Bienvenida señorita, me llamo Jorge Luis. Soy antifútbol, antiperonista y ateo. Mi comida favorita es la japonesa - levantando un vaso con gaseosa y haciéndome ademanes para que lo acompañara,  me dijo un señor muy mayor y canoso, con la mirada perdida.

-       No le hagas caso, está ciego hace quince años. Estamos festejando que se acaba de divorciar de Elsa Astete – dijo quien estaba a su lado, el más joven del grupo, con tonada uruguaya. Un gordito bigotón.

-       Supongo que usted es Jorge Luis Borges, maestro mucho gusto – contesté con asombro a ese hombre que era parte de la historia del país, símbolo por excelencia de las letras argentinas y que, además, era el creador de una obra tan sublime que se hizo universal.

-       Así es, y quien te contó de mi ceguera, vino a la Argentina en 1938 y sus primeros dos libros no vendieron ni un ejemplar. También es ateo, y no discute con Dios simplemente porque piensa que no existe. Además le gusta el futbol y es muy hincha de Nacional. Yo estoy ciego y él es asmático. A los dos nos falta algo.

-       Borges, en cambio, ocupó un único empleo, como director de la biblioteca, tuvo más tiempo para escribir. Yo he dejado los estudios a los 14 años, y he trabajado ocho y diez horas diarias en cosas que no tenían nada que ver con la literatura, empecé a ganarme la vida con ella cajero, contable, taquígrafo, vendedor, periodista. Yo publiqué ochenta libros. El muchos cuentos y sus cuentos están, por lo general, más cerca del álgebra, la geometría o la metafísica, que de la literatura propiamente dicha.

-       Un saltimbanqui mi amigo. También fui profesor en la universidad, no se olvide.

-       Vos siempre estuviste más allá no sólo del bien y del mal sino también de la revolución y del fascismo. Yo de Uruguay tuve que irme porque estaban a punto de meterme preso y torturarme. De Buenos Aires por una asociación profascista. Me fui a Perú y me metieron preso sin que yo hubiera hecho absolutamente nada político. Cuba, Mallorca, Madrid. Hasta el desexilio que pude volver al Uruguay.

-       Desexilio, ¿ud. inventó esa es palabra? Si es así, es Mario Benedetti.

-       Acertó otra vez.

-       Buenas señores, ¿como están? – se acercó a nuestra mesa, para que seamos cuatro los comensales.

-       Esa voz la conozco,  es un buen poeta, un poeta muy bueno. Un poco mezquino, pero comunista y ateo. Tiene un nombre muy largo, que se lo acortó. Yo me animé ni a cambiarme Jorge Luis por José Luis que me gusta más. El más mujeriego y bebedor del grupo.

-       Mi amigo Borges, cuyo romanticismo es sólo mediato, pues el motivo romántico llega al verso después de sobrepasar un intelecto lleno de exigencias para consigo mismo – comentó el recién llegado. Nos conocimos en 1927, y lanzamos en 1923 ambos nuestro primer libro de poemas, él “Fervor de Buenos Aires” y yo “Crepusculario”.

-       Así es no tuve tantas amantes, ni tórridos amores que me hablen al oído – replicó Borges con su humor ácido.

-       El argentino publicó poemas en inglés, yo nunca traicioné mi lengua de origen. Siendo agnóstico también hable contra los sacerdotes, pidiendo que la conexión con Dios sea sin intermediarios.

-       Criticaste a muchos, pero nunca contra Juan Domingo, a pesar de varios de tus amigos estaban en la cárcel.

-       Y vos te fuiste a darle la venia al dictador chileno el año pasado, mientras recibías un doctorados honoris causa. Yo tampoco me olvido.

-       Y repito mis palabras “El hecho de que en Chile, también aquí, y en Uruguay, se esté salvando la libertad y el orden, sobre todo en un continente anarquizado, en un continente socavado por el comunismo”

-       ¡Basta muchachos, no vinimos a pelear! – dijo Benedetti para bajar un poco el tono de la conversación.

-       Nosotros sabemos que podemos contar contigo – contestó el más gordo y calvo del grupo, el chileno que aún no podía adivinar su nombre.

-       Yo siempre dije que el premio nobel de literatura de 1967, era para vos Pablo, en vez de para Miguel Ángel de Asturias – comentó Borges a modo de disculpas. Y con mucha humildad, porque tendría que haber sido para él. El argentino estuvo nominado por primera vez en 1956 y varias veces más hasta la fecha, pero nunca pudo convencer a la Academia Sueca.

-       ¡No lo nombres que aparece!- dijo Neruda, mientras golpeaba con todas sus fuerzas la mesa. Apenas terminó la frase, el guatemalteco estaba abriendo la puerta.

-       Borges, Benedetti, Neruda, total desconocido que tengas buenas noches.

-       Perdón Pablo, no lo reconocí y no quería ofenderlo con otro nombres – contesté visiblemente molesto conmigo mismo. No me animaba a decir nada, frente a estos monstruos literarios, me sentía un analfabeto. Y mucho menos me iba a levantar hasta que todos ellos se hayan retirado. Mañana la iglesia iba a estar en el mismo lugar, pero ellos difícilmente vuelva a cruzarlos en toda mi vida. Le estaba hablando a Neruda, el mejor poeta romántico de todos los tiempos. Escribía centrándose en todos los sentidos. Con ello buscaba la descripción de una escena o sentimiento lo más natural.

-       Por suerte no te confundió con Tomas L. – respondió Borges, quien nunca perdía la oportunidad para hacer una humorada. Creo que se refería Tomas Lago, pero no quise pronunciarlo en voz alta, tal vez también aparezca.

-       Mozo por favor para mí: una copa alta con una media de Cointreau, una de cognac y dos de jugo de naranja. Y la completa con champaña.

-       Sentáte Miguel, que nos acompañe un Nobel es un honor. Estamos como siempre hablando de literatura y esta vez festejando el divorcio del escritor de Aleph. Decíamos que nadie habla del paisaje, del lenguaje popular indígena y de la preocupación política-social como vos – comentó Mario exagerando un poco el recibimiento, para hacerlo sentir cómodo.

-       Sonamos otro político más, ubicate entre Neruda y Benedetti, uds. los empleados los representantes del pueblo se entienden.

-       Sentate con nosotros, lejos de los que defienden la mano dura de las dictaduras. Vos también tuviste que huir de Guatemala por un gobierno de facto. – respondió Neruda. Más precisamente durante el golpe militar de 1925 hacia Europa hasta 1933.

Miguel le hizo caso y se sentó al lado de Neruda, no sin antes pedirse un café doble. Su parecido físico era sorprendente. Nunca había visto una foto de este escritor guatemalteco en los diarios. Muchas gracias, lo indígena, lo colonial y lo moderno conviven por igual en mis textos.

-       Para vos, una leyenda  es un artefacto cultural en un estado de cambio constante – comentó Jorge Luis.

-       Perdone que le pregunte, señor Asturias, ud. es religioso. Estoy rodeado de ateos, tal vez los mejores escritores latinoamericanos contemporáneos lo sean- dije para sacarme la duda, ya que los otros tres eran ateos.

-       No jovencito. Nací y crecí a la sombra de la fe de mis ancestros y soy devoto de Jesús Nazareno de Candelaria. Escribí un bello poema sobre él en el libro Sien de Alondra, como un acto de devoción.

-       “Sombra de corazón de la amargura  a tu rostro que aviva pulso cárdeno  lirio inclinado bajo el viento, pesa  la cruz del viento”- recito Borges con exquisita precisión

-       Me sorprende que lo sepa de memoria, acá estaba el libro.

-       Entonces, digamos maestro Borges ud. también cree en la obra de Dios. – le pregunté.

-       No creo en la vida eterna, ni en la resurrección de Cristo. Pero sí en la historia, si no tendría que pensar que los cuatro evangelistas, los más grandes escritores de la antigüedad, fueron cuatro novelistas.

-       Digamos que Jesús fue un hombre que trajo doctrinas de amor al mundo. Y usted Pablo entiendo de sus escritos que despojando el ritual y la fastuosidad, hay algo divino. ¿Pero ud. Mario hay algo de Dios en su vida?

-       Hay un dios personal, que es la conciencia: a ella es a la que le debemos rendir cuentas cada día – contestó Mario.

-       Y yo como Octavio Paz, más que religioso, espiritual – contestó Neruda.

-       Me llamaban, dijo desde la puerta Octavio - me alegró mucho su presencia. El gran acierto de Paz fue darle pensamiento a la poesía y poesía al pensamiento. Contagió su prosa de relámpagos metafóricos y su poesía de lucidez discursiva.

-       Pasá amigo, estamos hablando de que es la religión para nosotros– comentó Benedetti.

-       Primero que nada un wiskhy para mí. Yendo a lo religioso, es absurdo decirme pagano cuando he nacido dentro de una sociedad católica. Yo nunca dejé de creer, soy un hombre abierto a lo trascendente. Mi rebelión fue contra la institución. Eran los años en que la Iglesia de España estaba muy cerca de Franco. Creo que somos un fragmento de una totalidad y en ese sentido siento la fraternidad de todo lo que está vivo, pero también creo que algo que es mayor que nosotros nos envuelve y nos sostiene, aunque no podría darle nombre ni explicarlo – comentaba el mexicano de mediana estatura y cabellera prominente. Mientras se sentaba al lado de Asturias,

-       Otro soviético, más acerca una silla. Ya que hablamos de Dios y yo no puedo leer, ni con anteojos. Me gustaría que nos leas algo de la Biblia, por favor muchacho podrías traerla.

Me levanté presuroso y la traje, apenas la abrí las hojas estaban todas caladas y en su interior un revolver. Antes que pude excusarme, Borges dijo:

-       “Una imagen vale más que mil palabras”.

-       ¡La cuenta!– gritaba Bendeditti mientras agitaba la mano.

-       Dején pago yo, iba a ir a la iglesia, pero creo que aprendí más de Dios con uds. que por evitarlo lo llevan con ustedes que por evitarlo lo llevan a todas partes.

Nadie dijo nada más. Esperé un par de minutos sentado, hasta que todos desaparecieron. Cerré los libros y me dirigí al bibliotecario para devolverlos. Ya casi termino mi tesis sobre literatura y religión.


Protagonistas:

Pablo Neruda (1904-1973) à chileno

Jorge Luis Borges (1899-1986) à argentino

Octavio Paz  (1914-1998) à mexicano

Miguel Asturias  (1899, 1974) àguatemalteco

Mario Benedetti (1920 -2009) à uruguayo

Escrito por: José Augusto Tek (twitter: @JAT_writer)


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