Era 1970, recién llegaba a Buenos Aires. Después de un viaje en colectivo de más de doce horas, quería estirar las piernas. Eran casi las 9 de la noche. Caminé cerca de media hora buscando una iglesia, quería agradecer frente al sagrario que había llegado sano y salvo. Lo único que encontré abierto fue un bar. Se llamaba “Filología”, entré y era el clásico bar de caballeros. Todos los muebles de madera, la barra larga y una exhibición de cientos de botellas a medio consumir. Seis u ocho mesas de madera, rodeadas de sus sillas, alumbradas por una luz tenue. Lo único llamativo era que en vez de los cuadros colgados, adornando las paredes, había estanterías repletas de libros. Me acerqué a la mesa que compartían dos caballeros y antes de poder preguntarle si conocían alguna iglesia o capilla abierta, me invitaron a sentarme. - Bienvenida señorita, me llamo Jorge Luis. Soy antifútbol, antiperonista y ateo. Mi comida favorita es la japonesa -...