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Cambio de pieles

 Videos introductorios:



Capítulo 1: el vuelo postergado

Era víspera de año nuevo, el aeropuerto de Chicago suspendió todos los vuelos por una feroz nevada. Muchos latinos quedaron varados y tuvieron que pasar el año nuevo en la terminal, esperando que se reprogramen sus vuelos. Para los que viajaban en familia, no fue tan duro. Los que estaban solos o, mejor dicho; a miles de kilómetros de sus seres queridos… fue devastador. Se habían perdido la navidad y ahora pasarían año nuevo lejos de los suyos. Llantos y horas de video llamadas no lograron aplacar esa desazón.

Las mesas de los cafés estaban llenas, por lo que los solitarios debían compartir mesa. El azar juntó a cuatro latinos de mediana edad: un profesor mexicano (Eduardo), un contador argentino (José), una esteticista cubana (Liliana) y una ingeniera guatemalteca (Johana) en una mesita. Todos estaban por trabajo y viajaron hace ya diez días, para volver antes del 31 de diciembre.  El argentino buscó en la carta de bebidas un fernet, pero no había. El mexicano un tequila y tampoco lo encontró. Mientras que decidían que pedir, contaban chistes y anécdotas, que contrastaban con el mal humor de las demás mesas. Una señora mayor, encorvada y con el pelo revuelto, quiso sentarse con ellos. Su aspecto desaliñado les provocó pavor, tampoco tenían nada en común con ella. Por lo que la rechazaron, un poco por miedo, otro poco porque no lograban buena química con ella, irradiaba una mala vibra. Parecía una desquiciada, «una bruja» pensaron lo más supersticiosos. Le desearon que encontrara un lugar pronto, mientras ella se alejaba insultando en voz baja para que no pudieran oírla.


Siguieron contando historias divertidas sobre su estadía en EE. UU y terminaron brindando con un café y deseándose feliz año a media noche.  Al concluir el café, se pasaron a cerveza para terminar de celebrar. Al día siguiente tipo 6 de la mañana, se reestablecieron los vuelos y todos empezaron a embarcar, la anciana seguía mirándolos fijamente, maldiciéndolos a la distancia. Había tomado el rechazo del grupo, como algo personal.

 Todos llegaron a su casa: sanos y salvos, debido al viaje y al cambio horario se fueron a dormir temprano, después de darle los regalos a los niños y contar sus peripecias a los más grandes.


Capítulo 2: El despertar

José se despertó sobresaltado escuchando un ring tone desconocido. Supuso que, a lo mejor, a su última conquista en el aeropuerto le gustaban las tonadas mexicanas. Al incorporarse de la cama, se dirigió al baño. El baño no estaba en el lugar de siempre, por lo que fue habitación por habitación hasta encontrarlo. <<Sí que remodeló en mi ausencia el arquitecto, me va a cobrar un ojo de la cara>> se decía mientras tiraba la cadena del inodoro.

Al verse en el espejo, no se reconoció. No era su cara, ni su cuerpo. Sino el del mexicano del que se hizo amigo en el aeropuerto. << ¿Qué diablos pasó?>> no tenía ninguna respuesta coherente, ni tampoco recordaba haber vuelto acompañado a casa. Abrió la heladera en busca de jugo de naranja o leche, pero no encontró nada de eso. Unos frascos rojos, que se imaginó que eran picantes y algo parecido al arroz con leche. Concluyó que no solo no estaba en su cuerpo, ni tampoco en su casa.

Decidió por el arroz con leche, lo escupió al primer bocado. La leche era de cabra, si tenía arroz, pero también alcohol. Se cambió sin hacer mucho ruido, con lo primero que encontró. Bien abrigado con campera y bufanda. Busco la billetera y las llaves de casa. Le costó encontrar la que abría la puerta principal. Al salir, se dio cuenta que el clima era agradable. Luego recordó que, si en Argentina es invierno, en la tierra azteca es verano. Dejó el abrigo y se colgó el suéter al hombro.

Efectivamente estaba en un pueblito de México, al llegar a la esquina vio una panadería.

—Buen día, ¿tiene tortillas? —tenía antojo para el desayuno, de esas tortillas que venden en todas las panaderías de argentina, de las que se hacen con harina y grasa, y son muy económicas.

—Muy feliz día, ¿no?  —lo miró y le sonrió, hubo una larga pausa.

—No hacemos eso. Pero tenemos pan de novia y viuda —le contestó de manera cortante la vendedora.

No sabía si la vendedora le estaba presumiendo o si le estaban vendiendo algo por el desayuno. Entre la variedad de cosas que ofrecían, encontró algo familiar.

—Deme media docena de medialunas —mientras las señalaba con el dedo.

—De cuernitos —replicó la panadera.

—No los cuernitos son salados, quiero medialunas —las señaló nuevamente. Ambos estaban en lo cierto, ya que en Argentina se llaman medialunas y en México cuernitos. Al panificado dulce, de masa compacta y brillosa por el almíbar.

—Bueno estás gracioso hoy, te debe haber hecho mal el jet lag. Son 54 pesos.

José sacó tres billetes con la Benito Juárez, como el primero era de 20, supuso que los otros también.

—Ahora tampoco ves bien, me estás dando dos de $20 y $500.

Solo a los mexicanos se le puede ocurrir usar el mismo prócer en dos billetes de distinta denominación, se lamentó y le cambió el de $500 por dos de $10. Miró bien los billetes esta vez y le sorprendió la mirada adusta, casi sombría de las imágenes.

—¡Nos vemos a la noche en el bar!

No le contestó nada y se fue. Este mexicano chingón, parece que tiene algo con la panadera. Volvió a casa, la mujer de su reciente amigo ya estaba despierta. La besó en la mejilla y le entregó los productos que trajo.

—¿Cómo está tú hermana? ¿La saludaste por su cumpleaños?

—Se me olvidó, por eso estaba tan molesta —dijo José.

—Te va a costar muchos regalos que te perdone. ¿Y esto que trajiste? ¿Dónde está mi pan de novia?

—No tenían, quería traerte algo, pero comí mucho en el viaje.

Mientras tanto, a miles de kilómetros, Eduardo se despertó y lo primero que hizo fue pararse e ir corriendo a orinar pues sentía un frio horrendo, maldito cambio climático pensó para sus adentros. La tormenta de la madrugada lo había levantado, pero solo al volver del baño, puso atención al paisaje tras la ventana. Estaba en el primer piso de un dúplex en un barrio cerrado. El olor a tierra mojada, era muy distinto al de su pueblo.  

Decidió buscar en su closet ropa más caliente para evitar un resfriado recordando las palabras de su abuela sobre dormir con calcetines para no enfermarse, aunque sería agradable ponerse una playera o hasta un suéter, este frio era seco y calaba. Busco encender la luz y notó que no sabía dónde se encontraban los interruptores, el propietario tenia dimmers en su cuarto, y un espejo frente a la cama. “Su puta madre, soy el argentino, no mames” se dijo en voz alta. Volteo a revisar sus manos y después la cama y se sintió aliviado de que también fuera soltero. No habría sabido cómo reaccionar si había alguien ms en la cama.

«El mal trago pensó», sería más llevadera con una taza caliente de café, buscó en la alacena y encontró una botella y pensó que el café venía en botella. No pudo prender el anafe, porque era eléctrico y tenía varios botones. Nada que ver con su cocina a gas, con perillas en su Manzanillo natal. La bebió fría y por un segundo dudo en escupir el trago, sintiendo el alcohol en su lengua, pero era fernet. Decidió hacer lo que cualquier mexicano en su situación haría, beber tres tragos más.

Encontró un pequeño paquete lleno de blíster de café y una cafetera eléctrica, que no sabía cómo abrir para colocar la carga. Mientras tanto oyó un sonido que venía de sus tripas y se dirigió a la nevera. Imaginándose que habría dulce de leche, abrió el refrigerador peros solo encontró restos de pollo y papas horneadas. En el freezer, unos cuernitos congelados. Lamentablemente no sabía cómo calentarlos.

Un tanto por la curiosidad y el respeto al derecho ajeno, decidió salir a buscar algo para desayunar confiando encontrar un puesto de birria o barbacoa por ahí. Reviso su billetera y vio bastantes personajes que no reconoció y otros animales que le parecieron simpáticos. Pensó que esos animales habían luchado en las batallas de la revolución. Se imaginó a Pancho Villa haciendo una cargada con un borrego cimarrón a su lado y a Álvaro Obregon rodeado de yaguaretés. Le costó entender como una ballena puede haber defendido la patria. En fin, él pensaba que en argentina la fauna era solo la pampa o la ciudad de buenos aires.

 Sin saber a dónde ir, camino un poco hasta que encontró a un anciano y tratando de sonar familiar le dijo:

—Hey Don… ¿no sabes dónde preparan buenas tortillas para el desayunar?

—En el Club House o afuera del country —dijo el anciano que estaba haciendo footing, como si le hubieran preguntado una idiotez.

—Ah gracias… por nada —dijo sintiéndose un poco desorientado, camino hacia el edificio más alto que divisaba, que a él le pareció un bar vidriado a todo trapo.

Se sentó en una mesa desocupada, llegó el mozo e hizo su pedido.

—Buen día, que lluviecita hoy. Me trae un café con leche con una torta de jamón y queso por favor.

—Buen día, Señor. Disculpe no tenemos tortas agridulces. Puede ser Lemon Pie, Cabsha, Maria Luisa.

—Un pan con jamón y queso y otro pan —le explicó el mexicano ya que las tortas en Argentina son dulces.

—¿Un sándwich?

—Sí, uno por favor. Pensó en lo ridículo que se sentía cuando iba a Guadalajara y pedía torta de algo y le decían “lonche”. En argentina le dicen “sandwich”, muy elegante, muy fresa.

     En Guatemala, un gran temblor despertó a Liliana. Allí eran muy comunes, pero en Cuba no. Saltó de la cama y estaba con ropa elegante, no de piyama. A su lado alguien que no reconoció, pensó que talvez había pasado una linda noche y que se había dejado esa ropa, para que, al despertarse su pareja, no la viera despeinada y en pijama.

—¡Oye, tremendo temblor, despierta! —exclamó frenética.

Él caballero que estaba acostado no le dio importancia, se dio media vuelta y siguió durmiendo.

Corrió las cortinas y no vio las plantaciones, sino montañas, montañas y más montañas cubiertas de árboles verdes.

Se miró al espejo y era la guatemalteca. Demasiado bajita, tenía que ponerse de puntitas para verse al espejo, notó que estaba un poco pálida.

Bajó y se preparó una humeante taza de café, le maravilló la gran variedad de opciones que encontró en la alacena: Café de Antigua, Atitlán, Cobán y Huehuetenango ¿Cuál elegir? Le encantó que la casa estaba llena de cojines y tapetes con bordados muy coloridos, se sentó en un amplio sillón a disfrutar del café, mientras trataba de desbloquear el móvil.  Pronto el teléfono empezó a sonar, era un cliente de la guatemalteca tratando de confirmar una cita técnica que tenían para ese día; en una planta de producción de tubería de PVC y productos para la conducción de agua.  La chapina había quedado de visitarlo, para hacer un perfil de riesgos de sus puestos de trabajo.  La cubana, no tuvo otra opción que confirmar la cita.  Estaba abrumada y desorientada, pronto las notificaciones de la agenda del teléfono, empezaron a bombardearla frenéticamente y sin piedad con todas las tareas del día.

Pensó que tal vez era hora de prepararse para ir a la cita en cuestión, se dirigió al vestidor y encontró un conjunto de ropa ya preparado, tal vez su nueva amiga ya había preparado con anticipación el atuendo de ese día:

Pantalón vaquero, camisa manga larga con rayas reflectoras, botas muy incómodas con punta de acero y un enorme y poco favorecedor casco de seguridad.

A cientos de kilómetros en la isla de Cuba, el calor era arrullador.  Johana dormitaba al delicado sonido de las olas y la brisa se condensaba sobre su rostro con un ligero gusto salado.  Estaba sola en la cama, supuso que su marido se había levantado temprano para hacer el desayuno. Había tanta calma y silencio, sin aquel estridente bullicio del tráfico de la ciudad de Guatemala.  ¿Qué era esta paz? Todo ese silencio le pareció muy sospechoso, aún estaba muerta del viaje del día anterior, se levantó de la cama …tenía presente que tenía una cita muy temprano y tenía que prepararse.  La habían planeado con meses de antelación, ya que el cliente era un empresario muy importante y debido a su apretada agenda, iban a juntarse un domingo.  

«O yo crecí o la cama es más pequeña» pensó.

Caminó fuera de la habitación en busca del baño y pasó por la sala:

—Esta no es mi sala —. Dijo en voz baja.

Al fondo de la sala detrás de unos sillones apenas pudo distinguir una puerta, alguien que, al igual que ella, pasaba por ahí.  Pero aún estaba muy oscuro, solo podía ver una silueta oscura.

—¿Hola? — preguntó, pero no hubo respuesta.  Mientras ella se acercaba, la silueta también… poco a poco iba distinguiendo aquella imagen, una mujer alta y con mucho cabello rizado.  Johana se frotó los ojos una vez más.

—¿Lilí? —repetía mientras la mujer se acercaba—.  ¿Lilí? ¿Eres tú?

Pero la mujer no respondía, más parecía imitar cada uno de los movimientos y los gestos de Johana.  La chapina se acercó temerosa, pues no encontraba respuesta, grande fue su sorpresa…al distinguir que no era una puerta lo que contemplaba, sino un enorme espejo.  Se tocó y vio sus manos, metió sus dedos entre sus abundantes rizos; era una sensación agradable, pero a la vez confusa.  Llamó por toda la casa y no encontró a nadie, se asomó a una de las habitaciones y encontró a una pequeña niña; dormía plácidamente como un ángel.  No quiso despertarla, por lo que decidió salir y buscar ayuda, necesitaba respuestas.  Lo único que sabía era que estaba en el cuerpo de la cubana. Tomó unas llaves que estaban sobre la mesa, y salió…ahora entendía el gusto salado en el aire.  Estaban muy cerca del mar, un auto estaba estacionado en el frente de la casa; parecía muy antiguo como esos carros clásicos de colección.  Johana amaba los coleccionables, y las cosas antiguas, hacían con tanto amor las cosas antes, tanto que duraban para siempre; eso había cambiado, ya todo descartable, incluyendo los carros.

Pero no este carro, sintió el peso de la portezuela al abrir…giró la llave y el motor empezó a rugir. En la radio música movida y muy alegre, se dispuso a recorrer el lugar.  Se maravilló al ver los enormes y antiguos edificios, la guatemalteca se preguntaba si había viajado en el tiempo.  Porque eso parecía, que el tiempo se había detenido en aquel lugar.  Había cierta nostalgia en él, la gente caminaba por las calles sin prisa.  El acento con el que hablaban era tan melodioso, como el mar y la música.  Johana se bajó del automóvil, tenía mucha hambre y quería comprar algo de comer.  Busco y buscó, había algunas opciones, pero cada tienda o cafetería; estaban repletos de personas haciendo cola para comprar.



Capítulo 3: ¿Qué diablos hacemos?

Panza llena, corazón contento. Ahora José podía pensar cómo solucionar este cambio de cuerpo. Sacó el teléfono y lo desbloqueó con la huella digital, y buscó en los contactos del mexicano, su teléfono y marcó. ¡Nadie atendió! Así que decidió armar un grupo de WhatsApp, con los del aeropuerto. Lo llamó: “Ayuda, cambio de pieles”. Escribió brevemente lo sucedido y preguntó si a los demás, les había pasado lo mismo.

 Al volver del club House, le costó llegar al dúplex porque no se había tomado el trabajo de mirar con detalle la casa o memorizar referencias. Mientras subía la escalera, un móvil vibraba; no llegó a atenderlo y para colmo dejó de sonar. Tuvo que revolver todos los cajones hasta encontrarlo. También pudo desbloquearlo con el control facial y meterse en el grupo de whats app.

La cubana llamaba desesperadamente al contacto: “Lili cubana”, le dio risa darse cuenta, que se estaba llamando a sí misma, pero estaban en un tremendo enredo, y su mente no podía ponerlo en palabras.

En la isla la señal era mala y el móvil estaba conectado a la red para responder el llamado. Johana paseaba por las calles, entraba a los distintos negocios y cuando sacó su celular para sacar una foto, vio la cantidad de llamadas y los mensajes del nuevo grupo. Al ser un domingo, por suerte para los cuatro… pocas personas se comunicaban y fue más fácil encontrarse.

Mandó un audio a Lilí explicándole que decir a su cliente, que ya lo tenía memorizado de tantas veces que lo ensayó, y le dijo dónde estaba el power point que debía mostrar en la reunión. Que tenga cuidado que también en el celular, sus amigas subieron unos videítos del negro de whatsapp, que por favor no fuera a abrir ese video en la reunión.

En el grupo todos estaban maravillados, por los colores, olores y geografía de las ciudades que pisaban por primera vez.

Nadie sabía que pasaba, lo único, sospechoso era la viuda bruja y que tal vez lo era de manera literal. El mexicano con acento argentino, comentó que iba a salir a comer comida mexicana y a todos les agarró nostalgia; se les hacía agua la boca por un plato típico de su país.

Terminada la reunión importantísima en Guatemala, pudieron hacer una video llamada a la hora del almuerzo. En Argentina estaban comiendo tacos, y en México un locro bien pulsudo, en cuba un kaq'ik bien picante y en Guatemala, arroz a la cubana.

     Sucedió algo raro mientras comían, cuando el último de ellos probó un bocado. Era el plato típico de su tierra, no solo era el sabor, sino toda su historia de vida, misteriosamente volvieron a sus cuerpos, aunque fue solo por unos segundos.

 


 Al levantarse de la silla, empezaron a inundar sus mentes de lo que pudo haber pasado, pronto volvieron al cuerpo ajeno.

Johana empezó a buscar respuestas, la fugaz experiencia extra corporal que acababa de advertir; la había hecho reflexionar sobre la noche anterior:

«¿Qué había pasado? ¿En qué momento intercambiaron cuerpos? ¿Cuáles eran las variables? ¿Cuáles las constantes?» Johana pensaba.

Lo último que Johana recordaba de la noche anterior, era el bullicio del aeropuerto, las maletas recorriendo los pasillos, el desvelo, personas dormitando en las butacas de la sala de espera.  Ella y su recién integrando grupo, deseando cada uno; un trago de calidad, pero solo había café y cerveza.  Al fin de cuentas, tuvieron empezar con los granos molidos y después terminar con la cebada, y… “La señora”.  Estas eran las dos constantes, todos habían tomado cerveza esa noche y la extraña anciana desaliñada.   Pronto pudo recordar un detalle clave: la bruja… de la terminal 264 (que era donde los amigos habían quedado varados), era una empleada del aeropuerto. Lo dedujo porque la señora llevaba puesto un chaleco fluorescente, de esos que lleva todo el personal del aeropuerto; con un gafete colgado al cuello. Fue como un recuerdo difuso, apenas le había prestado atención; pero ahora ese pequeño indicio casi desvanecido, le daba una pista importante de lo que había pasado: recordaba a la señora en el fondo de la sala, acarreando maletas y paquetes de un lado para el otro.

Tomó el teléfono y se dispuso a informarle al desafortunado grupo:

— “Amigos, estoy segura que la cerveza y la bruja de la terminal 264; tienen algo que ver con el cambio de pieles al que fuimos sometidos”.

— “¿Les parece bien si nos reunimos mañana en el mismo lugar?”.

— “Los veo al medio día en Chicago, en la terminal 264“, con cariño: la guatemalteca.

Un par de horas después, estaba el doble tilde azul y escuetas contestaciones que confirmaban la presencia. Y la excusa más común era una urgente reunión de trabajo, ya que se había extraviado gran cantidad del trabajo que habían hecho la semana anterior. A los que tenían familia, tuvieron que agregar que les iban a pagar horas extras y un jugoso bono, para poder volver a partir.

Esa tarde todos hicieron de turistas y recorrieron paisajes desconocidos. José se compró varios tequilas, Johana una caja de habanos cubanos, Eduardo unos peluches para sus hijos y Lilí se fue a un supermercado y compró todos los productos de primera necesidad que escasean en su tierra.

Nuevamente en Chicago, el grupo decidió encontrarse en el café y en la misma mesa, decidieron repetir exactamente la misma rutina: café, cerveza y anécdotas.  Era tan extraño, verse a ellos mismos; era como asomarse en un espejo, no era algo cómodo ni agradable.  Era fácil creer que eran de cierta forma, pero tener la oportunidad única de apreciarse desde afuera, podía ser muy perturbador y hasta aterrador:

«Dios, ¿tan chiquita estoy?» pensaba Johana, al ver que sus pies le colgaban del banco en el que estaba sentada.  Mi voz se escucha tan chillante desde aquí… continuaba reprochándose, mientras Lily hablaba.  Se compadecía de su amiga, que en realidad era alta y ahora estaba atorada en 1.50 m de elevación sobre el nivel del suelo, espero que no le duela la garganta después de usar mi voz, se reprochaba.

«Ya tengo grande la barba» reflexionaba el mexicano al ver al argentino en su cuerpo.  «¿será hora de rasurármela? ¡Qué va! Así estoy guapo», se congratulaba solito.  Pero… como que el acento argentino no va con mi porte, ni con mi personalidad.  Se decía.

Mientras el mexicano se admiraba, José también le daba un vistazo a su apariencia:

«Creía que tenía más pelo…» se decía el argentino desde el otro lado de la mesa, observaba atentamente su cabeza mientras el mexicano se giraba para pedir la cuenta.  «Pensé que tenía más por aquí atrás de la nuca» reflexionaba mientras se tocaba la mollera. «Debe ser que cada día estoy más listo y mi pelo no puede con ello»

Lilí observaba su cabello: «Johana no ha cuidado mi cabello, se ve tan reseco.  Dudo que le haya aplicado el tratamiento que tanto me gusta usar cada semana» era lo menos que podía hacer, después de que tuve que atender a su cliente latoso en un día domingo.

—¿Qué hubo mis carnales? —Eduardo rompió el hielo, sacando a todos de sus pensamientos. Mientras mostraba uno de los peluchitos que compró.  José le explicó que era una llama que estaba tomando mate, el mexicano se sorprendió porque él creía que era una oveja con un mortero. El argentino le comentó que las llamas son animales autóctonos del norte de argentina y se adapta a condiciones extremas como ser las montañas.



En ese momento las banderas y los límites geográficos se difumaron en un abrazo grupal. Pasaron más de una hora contando su experiencia, en especial Lili que tuvo que hacerse pasar por ingeniera y José participar del cumpleaños de la hermana del mexicano.

Mucho más que su apariencia física, cada uno había tenido la oportunidad de verse hablando, gesticulando y hasta comiendo, era como estar en un universo paralelo con su hermano gemelo. 

Después de varios cafés y varias chelas, no sintieron nada diferente, después de media de hora de cerrar y abrir los ojos y de concentrarse para volver a su cuerpo, la guatemalteca dijo: “hay que buscar a la bruja”.

Pagaron la cuenta y cada uno salió hacia un punto cardinal, en busca de la última esperanza que les quedaba para volver a sus cuerpos.

Preguntaron a todos por la vieja desalineada, pero nadie la recordaba. Hasta que José (aún en el cuerpo del mexicano) se topó con Rocío, otra argentina que estaba en su misma situación. En un cuerpo que no era suyo, pero su caso era peor, ya que no había intercambiado ni un saludo con la dueña de su físico.  Ella también había tomado café y luego cerveza, y había echado de mala manera a la supuesta bruja cuando quiso descansar un par de minutos junto a ella. En ese momento no se percató, que los rasgos físicos de la Rocío y de “la bruja del 71” eran muy similares. Con un poco de imaginación podría ser su hija o su nieta.

José se sentó en aquel taburete mientras se secaba el sudor de la frente y deseaba que toda aquella pesadilla se terminara.

—Te dije que era una locura —la chica se sentó a su lado. Mirando atentamente la botellita de agua mineral en sus manos. El calor la estaba sofocando. Las prendas se le pegaban al cuerpo y sudaba por todos lados. Su mente recordando con detalle aquella experiencia aterradora.

—Desperté en un lindo departamento, en Londres —prosiguió la muchacha—. En cuanto me percaté de que algo andaba mal, me puse a investigar. Empecé a husmear por la casa. Pensé que me volvía loca. Por suerte, llamé a mi madre. Mamá cree en esas cosas y le expliqué... —la chica bebió del agua—, volví a mi "cuerpo" en cuanto me disculpe con la vieja.

Ella se rio.

—Discúlpense —soltó finalmente, palmeando su hombro como si hubieran sido amigos de toda la vida —o vivan con las consecuencias. No estás loco, sigue mi consejo.

El argentino con acento mexicano no estaba del todo convencido.

—¿Sabes si a alguien más le pasó? —preguntó con impaciencia esperando la respuesta.

—Te sorprendería de todas las barbaridades que pasan por aquí. En fin, me alegro haber ayudado a la causa. Pero ya debo seguir trabajando —dijo la muchacha mientras se daba media vuelta.

—¿De qué provincia de Argentina eres? —preguntó tratando de encontrar datos que le permitan confiar en la muchacha.

—Encuentren a la señora y háganlo —la muchacha se encogió de hombros —, suele estar atrás, en el área de equipaje.

José se quedó pensativo evaluando si esa será la única posibilidad. Iba a pedirle más detalles a Rocío, pero había desaparecido.

José, sintiéndose mucho más aliviado sonrió nervioso. Algunos transeúntes que pasaban los miraban raro, al parecer que estaba hablando solo o que había perdido algo. Así que sacó su celular y les escribió rápidamente para contarle a los demás lo que ahora sabía. Había tenido suerte de encontrar a alguien que había pasado por lo mismo y se alegró que no lo tratara de loco.

La vieja bruja esperaba impaciente la hora para poder tomar su descanso.

Fingir ser alguien que no era, podía ser muy agotador, y estar atrapada por horas bajo el cuerpo de una anciana era aún peor. Su familia provenía de un largo linaje de macumberos, se le daba bien la magia negra y tirar maleficios. En su comunidad era temida. Irradiaba respeto, después de todo… era la última de la familia Hernández que todavía se dedicaba al "negocio".

Su estilo de vida era bajo, no era bien visto por los demás. Por lo que seguir con las prácticas no convencionales, no era una buena idea. Era difícil encontrar a alguien que todavía creyera en maleficios y la adivinación. No había mucha clientela, por lo que el dinero era escaso, y esa era la principal razón del por qué estaba en ese lugar.

Su primer pensamiento fue el de llegar como una joven chica estudiante, pero la verían inexperta, por lo que optó por una vieja anciana que sabía que nadie dudaría en contratar. Un poco de "endulzamiento " y estaba hecho.

Llevaba meses trabajando en el aeropuerto. Fingía ser amable y cariñosa, (como toda anciana) fingía desconcierto y poco entendimiento. Naturalmente, algunas cosas eran difíciles de ocultar. Situaciones como: personas descorteces y mal educadas, que les gustaba despreciar a los demás por su apariencia.

Aunque no dudó en hechizar al grupo de la mesa a la que se acercó. Les lanzó un hechizo simple, pero efectivo. Un cambio de piel, cada uno llevaría la vida del otro. La cura, si ellos eran los suficientemente inteligentes para revertirlo, el primer paso era pedirle una disculpa y algo más:  seguir la tradición de sus raíces. Cualquier cosa que los "conectara" a sus tierras.

Por fin los amigos dieron con el paradero de la señora, ahí estaba… ordenando y acomodando las carretillas que se usaban para acarrear las maletas.  A Johana se le retorció la entraña al verla tan serena, casi ajena al infierno que el grupo acababa de vivir.  Había demasiada gente en el aeropuerto como para tratar un tema tan delicado en público, así que se la llevaron a una sala de mantenimiento, usando las llaves que tenía la bruja; Lilí, en el cuerpo de Johana, la tomó amablemente del brazo y con su carisma y su sonrisa, persuadió a la anciana que los acompañara. 

Las mujeres usaban la técnica de la cordialidad. Sin embargo, cuando la anciana empezó a hablarle al que estaba en el cuerpo del mexicano, le apretó fuerte el cuello y el argentino le hacía gestos que la iban a degollar.

Sentaron a la señora en medio de los equipajes sin dueño.  El piso tenía una alfombra muy gastada, que en un principio debe haber sido negra y ahora era un gris algo apagado.  Eduardo tomo un bate y le dijo:

—O nos vuelves como antes o te parto la madre.

La vieja estaba tan nerviosa que empezó cambiar su fisonomía, a una mujer más joven.

—¡Pero si es Rocío, la argentina que les comenté!  —gritó el argentino con acento mexicano.

Todos se quedaron callados, sin saber que esperar.

—¡Por fin tengo su atención! —exclamó a todo pulmón —¿Por fin van a invitarme con ustedes a compartir su mesa? —continúo insistente.

—Señora nosotros…estamos aquí porque… —Johana trató de justificarse, no compartía los métodos violentos que utilizaban los varones del grupo.

—¡Ya sé por qué están aquí! —la anciana demandó.

—Pinche vieja cabrona, no está en condiciones de exigir, ni pedir nada —dijo Eduardo reboleando el bate como lo hacía de niño cuando jugaba al béisbol con sus amigos.

La vieja sonrió y todos empezaron a cambiar de cuerpos entre ellos.

—¡Basta! Hagamos un trato—gritó José con una voz muy femenina.

—Trato ni ocho cuartos —dijo el mexicano que casualmente había quedado en su cuerpo.

—¿Qué mierda es lo que quieres? — dijo entre lágrimas Lili que estaba en el cuerpo de José.

—Su respeto, su amistad y sobre todo sentarme en su mesa—dijo la mujer hechicera.

— “La amistad es uno mismo, con otro cuero” —dijo José con acento cubano, citando una frase de Atahualpa Yupanqui.

—¿Qué dices mamón? —dijo Eduardo.

—Rocío nos dio el mejor regalo de todos, vivir una experiencia única, conocer otro país como un paisano. Sin quererlo forjó una amistad que durará para siempre.

—Donde entran cuatro, entran cinco —dijo el mexicano.

—Todos abrazaron a Rocío y lentamente recordaron, su infancia, su primer amor, su plato favorito. Mientras se les hacía agua la boca, poco a poco y de uno a uno cada uno regresó a su cuerpo.

—Nunca voy a dejar que se vayan…—la bruja les recalcó—. Están varados de por vida aquí en la terminal 264, así como yo lo he estado por más de cincuenta años, ya no estaré sola.

Todos se observaban entre sí.

—Yo invito una ronda para todos, ¡viva Latinoamérica! —dijo José feliz de la vida por estar en su cuerpo nuevamente, pero a la vez estaba confundido por las palabras de la señora.

Mientras salían, Eduardo le dio un batazo tremendo a la vieja y los salpicó de sangre a todos.  Las paredes blancas del aeropuerto quedaron manchadas de rojo al igual que la alfombra gris. 

—¿Qué hiciste? —preguntó Lili.

—Nunca iba a dejarnos en paz, incluso si subíamos al avión, nos haría cambiar de pieles otra vez e íbamos a hacer sus payasos toda la vida.

—Por suerte respira… ¡casi la matas boludo! —dijo José agradeciendo a Dios que la vieja estuviera viva.

—Nos tranquilizaremos, dejaremos la puerta abierta y nos deshacemos del bate. Tomemos el primer vuelo lejos de aquí —sugirió Johana.

—¿Y si se enoja con nosotros y vuelve a embrujarnos? —preguntó Lili que, por vivir en Cuba, conocía de cerca todo este tipo de magia.

—Si no estamos cerca de ella no podrá embrujarnos. Si salimos con rapidez del aeropuerto y no volvemos a Chicago, nunca nos encontrará —respondió Eduardo agitado.

—Si no posteamos nuestra ubicación en nuestras redes sociales, ni fotos de nuestros familiares, estaremos a salvo. —agregó José.

—Ok, hagamos eso por lo menos por un par de años —dijo Lili.

—¡Buena suerte a todos! —completó Johana con cierta nostalgia—. Feliz regreso a su casa y a sus familias…

¡POR FIN!

Autores:

José A. Tek: argentino, twitter:@JAT_writter; watpad: @JAT_writer

Eduardo Fiumegiorni: mexicano, twitter: @edoardofiumegiorni

Liliana Alvarez: cubana, watpad:@lilo9504; booknet: LiloACarrillo

Karen Johana: guatemalteca, twitter: @tdehistorias

Rocío Ortigosa: argentina, twitter: @OrtigosaRoo

Agradecemos la colaboración de:

Laura Diaz: mexicana, twitter: @lapizpapelyalma; Instagram: lápizpapelyalma






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El    aeropuerto Kennedy de Nueva York era como estar dentro de un hormiguero. Alrededor de sus ocho terminales, miles de “hormiguitas” en constante movimiento llegaban o partían desde cualquier parte del mundo.      Los recién llegados estaban hartos de un viaje, por completo antinatural; que incluía cambios de usos horarios. Presos por horas a miles de metros de altitud, en un espacio reducido, ansiaban salir lo antes posible del aeropuerto y todo lo que tenía que ver con él. Algunos huían en taxi, en metro o en sus autos particulares.      Un grupo de recién llegados, hacían cola detrás de una furgoneta, ese vehículo comercial ligero con capacidad de carga. Con vidrios polarizados  y un cartel de: “latinos 50% off”; que se anunciaba con destino al centro de la gran manzana. Hablaban en español e inconscientemente se iban acercando otros latinoamericanos, al encontrar algo suyo en este territorio yanqui.      El chofer se lla...

La huida

  La luna llena iluminaba de manera tenue sus rostros. Las tres mujeres se alejaban lo más rápido que podían de su cazador. Faltaban un par de horas para que se cierre el portal más cercano que las comunicaba con el más allá. La más joven, una muchacha con rasgos indígenas, no dejaba de gritar preguntando por sus hijos. La seguía de cerca, Ubume , una mujer asiática cuyos pechos aún estaban cargados de leche. Y más atrás, la que menos temor tenía. Una mujer con un cuerpo envidiable y uñas afiladas, que escondía su larga cabellera bajo una capucha. A un kilómetro, montado en su caballo el ex sacerdote Vincent   seguía sus rastros. Un hombre corpulento, de no más de 40 años, pelo corto cobrizo y una barba sin afeitar desde hace semanas.  No contaba con más armas que un crucifijo, un hacha y agua bendita. Este líquido era el único que permitía dañar a sus perseguidas. La vieja Biblia gastada chocaba con violencia dentro del bolsillo de su gabardina, tras los galopes del ...