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Lenguas desbocadas (cuento colaborativo)


El  aeropuerto Kennedy de Nueva York era como estar dentro de un hormiguero. Alrededor de sus ocho terminales, miles de “hormiguitas” en constante movimiento llegaban o partían desde cualquier parte del mundo.

     Los recién llegados estaban hartos de un viaje, por completo antinatural; que incluía cambios de usos horarios. Presos por horas a miles de metros de altitud, en un espacio reducido, ansiaban salir lo antes posible del aeropuerto y todo lo que tenía que ver con él. Algunos huían en taxi, en metro o en sus autos particulares.

     Un grupo de recién llegados, hacían cola detrás de una furgoneta, ese vehículo comercial ligero con capacidad de carga. Con vidrios polarizados y un cartel de: “latinos 50% off”; que se anunciaba con destino al centro de la gran manzana. Hablaban en español e inconscientemente se iban acercando otros latinoamericanos, al encontrar algo suyo en este territorio yanqui.

     El chofer se llamaba James y, en un rudimentario español los hizo subir pausadamente. Uno a uno al interior del vehículo, mientras que les cobraba el pasaje. Cuando subió el cuarto pasajero se cerró la puerta.

     En el interior fueron recibidos a punta de pistola por Mycroft, el hermano de James, que les vendó los ojos y precintó sus manos. No valía la pena gritar, había tanto bullicio en el exterior, que nadie escucharía sus pedidos de auxilio. Los hizo sentarse uno al lado del otro, en uno de los dos bancos que tenía en su interior la furgoneta. En el opuesto se sentó Mycroft y desde allí los observaba y tarareaba la música. 

     —¿Qué hiciste boludo? Aflójame el nudo, que me vas a cortar la circulación —se quejaba Juan.     

     Un argentino de 40 años, con marcado sobrepeso, que llegaba con unas horas de anticipación desde su Buenos Aires natal a una convención de comic. Después de una travesía de cuatro o cinco escalas, con el dólar por las nubes o, mejor dicho; con el peso argentino en el subsuelo, no podía darse el lujo de pagar un vuelo más directo.

     José escuchó el reclamo de quien estaba a su lado. Temía emitir una palabra porque era mexicano y sabía que a los secuestradores no había que hacerlos enfadar. Era el más grandote del grupo con su 1,90 m apoyado en sus 80 kilos. Deseaba que ese pinche hijo de Maradona, no se pusiera mamón, que estos putos güeros no nos van a hacer nada. Él venía de una ciudad pequeña y aprovechó la visita a su familia en Los Ángeles para conocer Nueva York. Ver locaciones de películas que marcaron su infancia, muy específicamente “Mi pobre angelito 2”. Sin embargo, en su mente resonaba la palabra “boludo”, ¿qué habrá querido decir? ¿bolas grandes? ¿estúpido? ¿amigo?

     —¿Qué es lo que quieren? —preguntó José lo más fuerte que pudo, tanteando el terreno.

    —Silencio gilipollas, que nos van a dar una hostia inolvidable —susurró Manuel a los demás raptados.       Él había venido desde Madrid, a una reunión de trabajo en la casa matriz de la empresa donde trabajaba desde hace veinte años. Era el más intelectual, con unos anteojos enormes, nariz respingada y pelo corto rubio.

      —¿Acaso no se dan cuenta, que este tipo no sabe una palabra en español? No nos va a responder nada —dedujo Juan.

      —¿Cómo estás tan seguro? —preguntó Mari Carmen con acento guatemalteco. Las más pequeña del grupo, morena, de pelo castaño largo. A estas alturas de la vida ya estaba un poco cansada que le dedicaran: “Señora de las cuatro décadas” de Arjona; estaba inquietantemente tranquila ante aquel atropello. Ninguno de sus compañeros de viaje podía adivinar, que no era su primera vez como víctima de un asalto. La misma adrenalina y la misma incertidumbre, con la diferencia que ahora los asaltantes eran altos y canches, un poco descoloridos para su gusto. ¿Qué pedirían esta vez? ¿El celular? ¿Dinero?  Algo que aprendió bien desde patoja, era que un chonte no vendría a rescatarla en un momento de apuro, ella tendría que salvarse sola. ¡Chapina que se respeta, se sabe defender! Incluso en territorio internacional.

      —¡Tu hijo de mil putas, me das asco, te voy a matar apenas tenga la oportunidad! —gritó con todas sus fuerzas Juan.

    Nada sucedió. Se sembró la duda en cada uno de ellos, si realmente no los escuchaba. Eran cuatro “cieguitos” atados contra un yanqui y su pistola. El idioma podría salvarlos o condenarlos.

      —La neta el Che —porque no sabe cómo se llama el argentino—. Tiene razón, este pinche gringo no nos entiende ni madres lo que decimos. Ay que echarle cabeza y pensar en algo, seguro llegamos a algún lado en cualquier ratito.

      —Joder, joder, joder. Esto es una mafia o algo así, me cago en la puta —Manuel se quejaba, se notaba que empezaba a ponerse muy nervioso.

      —¿Qué coño nos van a hacer? ¿A dónde nos llevan? —en ese momento, la reunión de la empresa era lo que menos le importaba. Pensaba más en su familia que había dejado en Madrid y temía no volver a ver de nuevo a su esposa e hija. Recordó… como una advertencia del destino que no supo deducir, que ella se había mostrado inquieta al despedirse de él, antes de tomar el avión, como si hubiera presentido algo.

     —Bueno muchachos, esto es lo que vamos a hacer —dijo Juan—, primero vamos a enumerarnos del uno al cuatro y después cada uno cumplirá un rol: sin titubeos y sin dudas. Si alguno no hace caso, se va todo al carajo. Yo soy el número uno de argentina, por ser el primero de la derecha.

      —Dos de México.

      —Tres de Guatemala —replicó Mari.

      —Cuatro, de la península ibérica —respondió el español.

     —Bueno, ahora que sabemos nuestro lugar. El cuatro se para y el tres lo sigue, ustedes van a distraer la atención del custodio, yendo hacia su dirección.  Mientras que yo me agacho y el dos me saca la venda. Una vez que no tenga venda, libero al mexicano y tratamos de tirar al suelo al yanqui; para molerlo a golpes hasta dejarlo inconsciente.

      —¡Es una locura! —dijo la guatemalteca. Mientras solventaba su hipótesis de que los varones amaban resolver todo con violencia. Pero claro, quizá solo por esta vez tenían razón.

      —Una locura es dejar que nos destripen o prostituyan —dijo el gallego.

     —A mi señal, ¡furia hispanohablante! —al gritar esto, Juan se imaginaba dentro de esos comics que tanto le gustaban, como ser Daredavil o Batman. Si bien el grito de guerra le sonó cursi, no estaba con tiempo para pensar en uno más apropiado.

     De fondo sonaba: “(I can´t get no) Satisfaction” de los Rolling Stone, del grupo favorito del empistolado, pues la silbaba con sentimiento y despreocupación.

    El vaivén del vehículo en movimiento, permitió a José sentir la boina del primero, rozar su lacia cabellera azteca y así calcular mentalmente la distancia. Girarse y poder correr la venda del argentino. En pocos segundos también le sacaron la venda y a cabezazo seco dejó inconsciente al que llevaba el arma, por suerte esta tenía el seguro puesto por lo que, al caer, no se disparó.

     Mientras le pegaban como a una piñata de cumpleaños, su captor se encogía y desangraba.

    Tuvieron el tiempo justo para desatarse antes que el vehículo desacelerara hasta detenerse, Mari tenía el arma en sus manos. La tomó con naturalidad y revisó el cargador, estaba completo.

     La puerta se abrió de golpe y los rayos del sol casi los cegaron. Sin embargo, la guatemalteca no dejaba de apuntar con el arma a James. Lo redujeron y precintaron a su hermano, que seguía inconsciente. Y a este último, a los asientos. Por las dudas también se llevaron todas sus pertenencias y cambiaron la música de Spotify a La Gozadera de Gente de Zona.

     Al bajar se toparon con una zona rural, a kilómetros en todas las direcciones solo había vegetación y un modesto camino de tierra. Lo único construido por la mano del hombre, era un gigantesco tinglado cerrado con un enorme candado. Pudieron abrirlo con una de las llaves del manojo que llevaban sus captores, en el interior contemplaron horrorizados a cientos de personas. Cada una de ellas atada a una silla, con una vincha con micrófono, auricular y unos sensores. Frente a ellos unas literas dobles y al final, los servidores y los baños químicos.

   Las preguntas comenzaron a surgir en la mente de algunos: Manuel pensaba que era necesario irse cuanto antes, Juan evaluaba la situación, José quería algo para su cabeza, porque le dolía bastante por el golpe. Mari quizás por tener la pistola, comenzó a dar las órdenes:

     —Desatemos al primero de la fila para que nos cuente que pasa.

     —Padrísimo —contestó José, apoyando la idea. Sin embargo, los demás no entendieron que quiso decir.

     Entre todos liberaron a una mujer morena, quien se presentó como Viviana.

     —Hay por tu madre yalorde, miren...yo me llamo Viviana, hace one month llegué de la Habana. This week, hay papi pa' que contarte, pa' que decirte... Ahora yo les digo déjame organizar las ideas... Lo que yo he pasado, es candela con pica pica.

     Todos la miraban tratando de deducir que les estaba diciendo. No tenían problemas con las palabras sencillas que dijo en inglés, pero ¿Yalorde?  ¿candela?

     —Podrías explicarnos ¿qué pasa aquí? sin usar ninguna palabra, ni expresión cubana. Nos cuesta entenderte —pidió amablemente Juan.

     —Voy pa'lla con ustedes... De baja' todos los santos empujan...

     Ella se largó a llorar. Eran muy pocas las palabras que recordaba en español, le quedaban las más arraigadas, las que decían siempre en su casa. Extrañaba su Habana, al vecino de al lado que siempre ponía la misma canción del “Químico y el Yordy”, a la conga que se armaba en la Habana vieja, al bullicio del barrio y a los niños que jugaban béisbol en plena calle. En su mayoría, hablaban con las mismas palabras con excepción de los orientales, que cambiaban algunas y que claramente tenían otra entonación o acento. Esa máquina maldita…estaba haciendo que todos los prisioneros dejaran poco a poco de utilizar su lengua(je) natal, mostraba imágenes y su definición en inglés, dándoles descargas eléctricas hasta que su pronunciación fuese la adecuada, para así pasar a la siguiente palabra. No iba a contarles lo que le pasó en inglés, temía olvidarse de todo el español.

     Mari la abrazó y consoló por unos instantes.

    —Hechense pa'ca —la nueva integrante del equipo, les pidió que caminaran junto con ella y vieran lo que les ocurría a los que estaban sentados al lado de ella. Los más cercanos, recibían descargas eléctricas al resistirse, mientras que los que estaban al final, pronunciaban un perfecto inglés y no sufrían las consecuencias.

    Mari regresó a la furgoneta, donde estaban los maleantes, junto con el español. Los miró a los ojos…podía ver el miedo en el fondo de sus pupilas dilatadas; vio como el sudor les escurría por la frente. Le puso la pistola en la cabeza a James; ella pudo ver angustia en sus ojos, se sentía bien estar del otro lado para variar. James transfirió los espasmos de su cuerpo a la boca de la pistola, Mari podía sentir los temblores como escalaban por su brazo. ¿Qué era este poder? La posibilidad de decidir sobre la vida de una persona, aún si era en defensa propia, ¿jalar el gatillo cambiaría su vida para siempre?

     Mari apretó con más fuerza la empuñadura del arma contra la cabeza de James y después la clavó en la frente ceñida de su hermano. 

     —Así que…—continuó en tono amenazante.

     —¿Piensan que pueden hacer lo que les dé la gana?    

     —¿Se creen los dueños del mundo? —Mari insistía incisivamente.   

    Los hermanos se miraban uno al otro abriendo los ojos muy grandes. Tal vez suponían que tenían los minutos contados.

    —¡Se metieron con el grupo equivocado señores! —A Mari no le importaba si le entendían o no—. ¿Saben que les pasa a los ladrones del lugar de dónde vengo?

     —Los linchamos con un poco de gasolina y un fósforo, y problema resuelto.

    —Yo propongo que desnudemos a estos sinvergüenzas y los abandonemos en calzones en medio de Times Square a la hora pico. Les rotularemos “secuestradores” en el pecho y que los transeúntes se encarguen del destino de estos pobres diablos.

     —Hoy hay ojos y cámaras por todos lados, que sea un linchamiento mediático —propuso el madrileño poniendo paños fríos a las ideas de Mari.

     Mientras tanto uno y dos, el argentino y el mexicano, liberaban a los demás. Juan lo hacía en silencio, buscando una justificación, tratando de entender el móvil de esta manipulación. Sus ideas se vieron interrumpidas por su compañero.

     —Sabes yo pasé todos mis veranos con mis primos de Los Ángeles. Ellos usaban el spanglish de manera natural. Le entendí más a la cubana cuando usó el inglés, que el cubano. Me entiendes, me refiero a las palabras propias de la Isla. Yo también lo uso, estoy familiarizado con decir: pushale, lockea, etc.

     Desataron al primero de la fila y les agradeció en un inglés de pronunciación perfecta y fluida, sin dejar atrás su acento chileno. El mexicano le explicó en inglés toda la situación que vivieron desde el aeropuerto hasta que el argentino le propinó un codazo en la boca del estómago. Para hacerlo callar. Sin embargo, le había tomado cariño, era un calco del profesor Jirafalez, solo le faltaba el bigote y el habano.  

     Aplaudió varias veces para hacer callar a los demás y tomó la palabra, en ese momento se sentía como Nick Fury frente a los vengadores:

     —Presten atención y no voy a decir una puta palabra en inglés. Hagan un esfuerzo en entender, en recordar. Les han lavado la mente o lo que sea, para que olviden la lengua más bella que existe. La que plasmó Cervantes en sus escritos, la que hablaron hace cientos de años nuestros antepasados, la que nos enseñaron nuestros padres. Afuera están los que los obligaron a pasar largas horas estudiando este idioma frío pero práctico. No me interesa lo que decidan hacer con ellos, lo que les pido es que no dejen morir el español en su mente y mucho menos en su corazón.

     Hubo un largo silencio, donde cada uno escarbaba sus memorias. Decidiendo quienes querían ser, si un latino o un norteamericano.

     —A no desanimarse, ¡viva México Cabrones! ¡Viva el español!  Vamos derechito pa sus casas, antes que lleguen más yanquis chingones.

     —El Yuma is the best, pero ¡qué va! yo me quedo con mi isla. ¡Viva Cuba Libre! —grito Viviana.

     Mientras en la furgoneta y bajo un sol de justicia, Mari seguía apuntando con la pistola a sus secuestradores. Tenía los ojos fijos en la frente de Mycroft, pero su mirada iba más allá... pensativa, como si tratara de atravesarle el cráneo para comprender qué sucedía dentro de aquel cerebro retorcido. ¿Por qué estaban torturando a todas aquellas personas para que hablaran en inglés?

     Manuel, nervioso, no paraba de dar vueltas alrededor de la furgoneta. Apagó la radio, el reggaetón que estaba sonando lo estaba poniendo de más mal humor. Lo único que deseaba era largarse de allí cuanto antes y olvidarse de aquella puta pesadilla. Se dijo que lo más sensato era pedir ayuda, dejar que la policía se encargase de aquello. Sí, eso haría. Lo único que quería, era darse una ducha en el hotel y tomarse un par de cervezas bien frías. Recuperó su teléfono móvil del interior del vehículo y marcó el número de emergencias. No sucedió nada, miró la pantalla: sin cobertura.

     —Me cago en mi puta estampa —murmuró.

     Rebuscó en la guantera de la furgoneta. Cogió otro teléfono… nada, y otro; al parecer, ninguno tenía cobertura. Estaban en el culo del mundo. Lleno de rabia, arrojó el teléfono que tenía en la mano contra el suelo.

     —Güey, si ya te cagas puedes ir tras esos árboles, total no te andamos viendo; tenemos más cosas en que pensar —se giró José para hablarle a los demás que estaban a sus espaldas mirando a todo el grupo—.  A lo mejor no encuentra el papel higiénico, alguien pásele un rollo.

     —Coño, pero que me ha salido simpático el profesor Jirafalez, me presento soy Manuel de Madrid, y hoy no es mi día, os daré una hostia si me joden. ¿A ver qué os parece?

     Más de uno pensó que era sacerdote y que venía con un copón de hostias.

     Todos empezaron a hablar al mismo tiempo, hasta que Mari se subió al techo de la van, agitó su pistola y logró la atención de la mayoría

     —Yo soy Mari, de Guatemala. Estamos decidiendo que hacer con nuestros raptores. Vamos a votar: 

     —¡Los que quieran que mueran aquí mismo! levanten la mano.

     —¡Los que quieran que los tiremos desnudos en Times Square no levantan su mano! —dijo Manuel.

     —Los que quieran que los caguemos a golpes, levantan la mano haciendo fuck you. ¡Que se sienta! todos juntos como hermanos, porque somos más, jalamos más parejo —afirmó José, parafraseando la canción de Molotov.  Acto seguido empezó a hacer gestos como orangután. Poniendo sus brazos en jarra y encorvándose

     —¿Qué hacés? Me estás asustando —dijo Juan.

     —Papi que mal tú te portas, afloja. Masorra contigo.

     —Yo también soy boludo, como vos. ¡Tengo las bolas grandes! 

     —No te hagas el canchero, que no te sale.

Varios argentinos se rieron y uno de ellos le explico:

     —Hola a todos, soy María de Argentina. Boludo significa muchas cosas, según la entonación. Desde algo cariñoso como amigo, hasta un insulto. Pero nunca lo usamos para referirnos a los genitales. 

     —Parceros, I would like hacer esta vuelta antes que lleguen los tombos, ¿sí o qué? —sugirió Byron un colombiano de Barranquilla, mientras que ubicaba sus dedos simulando que tenía dos pistolas.

     —Bueno señores se acabó el show. Los que quieran irse, me acompañan. Los que quieran ejecutar su venganza, se quedan.

     —Yo lo acompaño, vamos todos a tomar por culo —gritó Laura una española de Valencia.

     Mientras que algunos empezaron a mirarle la cola, ella aclaró —significa vayámonos a la mierda, antes que llegue otra traffic.

    —Nosotros los mexicanos decimos a la chingada, a chingá a su madre —mientras miraba para todos lados esperando que alguien cierre el punto y levante el dedo pulgar.

   Manuel se sentía cada vez más alertado, en un punto en el que pensaba que le gustaría humillar a esos dos hermanos: los secuestradores, por lo que estaban haciendo y el panorama con el que se habían encontrado.          Pero no era venganza, sino una ira irracional y abrumadora. Sabía que debía mantener la cabeza fría, pero le estaba siendo imposible.

     —Malditos cabrones hijos de puta —murmuró para sí mismo.

     —Yo opino que les demos una cucharada de su propia medicina, sentándolos en la guarandinga esa y toda la vaina; en Venezuela a los mamahuevos como estos, solo hace falta jurungarles un poquito el historial y fuego —se presentó Victoria subida a una silla y acomodándose el escote:

     —Si yo pudiera me la paso todo el día sobre las teclas.

     A Los mexicanos les pareció que hablaba de sus tetas y que era actriz porno.

     Al preguntarle detalles sobre su trabajo, ella respondió:

     —Naguará mi pana. Soy programadora, por si no lo entendieron. Puedo cambiar el texto y el audio de las imágenes al español.

    El grupo, aunque en el mismo lugar, quedó dividido en dos, los que se iban a encargar de los secuestradores encabezados por Mari y Manuel, y los que querían huir de esa pesadilla donde se encontraban José y Juan. El argentino se despidió de sus compañeros de van, con un abrazo fuerte ya que se imaginó que no iba a verlos nunca más.

     Tomó por última vez la palabra a modo de despedida:

     —Queridos hispanohablantes, les deseo el mayor de los éxitos, que puedan reiniciar sus vidas y llevar al español a todos los sitios del mundo. No imagino al gaucho Martín Fierro recitando en otro idioma —todos los presentes esbozaron una sonrisa.

     —No mames, imagínate a Rulfo escribiendo los diálogos de don Pedro Páramo, el... todo un cacique indio de rancho sombrerudo y bigotón diciendo; “I love you Susan”.

     —O a Elvira Lindo —dijo Manuel—, ya que seguramente acabaremos como su novela, en "El otro barrio".

     —Madrísimo lo tuyo. Prefiero quedarme con Garcia Lorca, hasta Corin Tellado es mejor, vete a otro lado con tu Manolito Gafotas, eres hasta parecido.

     —O cien años de soledad donde las guerras civiles serán blanco contra negros…

     —No, ¿saben que sería divertido? Escuchar a estos pinches gringuitos hablando español.

    Juan y su grupo ya estaban muy lejos para seguir escuchando situaciones contrafácticas. Caminando en dirección contraria, alejándose lo más posible del spanglish. Solo recordó parte de un poema de Borges: “se me hace cuento que empezó Buenos Aires, lo juzgo tan eterno como el agua como el aire”, no le importaba a convención ya tuvo su cuota de adrenalina del mes, solo quería estar lo antes posible aterrizando en Ezeiza.    

     Uno de los que lo seguían, tratando de recordar el español; le agradeció por haberlo liberado y le preguntó cómo se llama.

   —Soy Honorio Bustos Domecq —dijo Juan sonriendo, aprovechando la ocasión para mantener el anonimato e introducirlo a la literaruta argentina.

     Se escuchó un tiro a lo lejos, algunos volvieron corriendo para ver qué pasaba. Mari había descargado por completo la pistola, un estallido tras otro hasta que quedó vacía. Le había apuntado al ocioso vacío del cielo, aniquilando cualquier conato de venganza, acto seguido empezó a reír y carcajearse como una lunática; al ver que muchos... incluidos los secuestradores, se habían ensuciado en sus pantalones. Estaba ansiosa por irse a casa.

     —¡Muchá! La fiesta se acabó. Además, ya tengo mucha hambre. Me estoy imaginando unas tortillas bien calientitas con chicharrones y limón. Pónganse chispudos pues, y busquemos como regresar a la civilización.

     Escuchar a sus compatriotas (como ella los consideraba), hablar de sus mentores literarios, le había hecho evocar las frases célebres de su ídolo literario: Miguel Ángel Asturias, atendió a las frases, contundentes golpeando en su conciencia:

«¡No hay paz que no descanse sobre los escudos, las cabezas y los cuerpos decapitados del enemigo!» y «El poeta es una conducta moral». 

     Las palabras del premio nobel… la hicieron descender contundentemente sobre sus ideales de libertad, justicia, igualdad y paz. 

     Mari Carmen consideraba a sus compañeros, más que simples civiles: “Embajadores de la Palabra” y que arma más poderosa que esa, “la palabra” en cualquiera de sus formas y variantes, el poder de dialogar; el poder de entendernos y con ello aceptarnos. «¿Acaso no construimos más con una pluma que con una bala?» pensó. Era como Juan el argentino había dicho, nuestra nueva misión de ahora en adelante, sería llevar el español a todos los rincones del mundo.


 



FIN!!!

 

   Escritores:



 

José A. Tek: argentino, twitter:@JAT_writter; watpad: @JAT_writer

Eduardo Fiumegiorni: mexicano, twitter: @edoardofiumegiorni

Liliana Alvarez: cubana, watpad:@lilo9504; booknet: LiloACarrillo

Laura Diaz: mexicana, twitter: @lapizpapelyalma; Instagram: lápizpapelyalma

Karen Johana: guatemalteca, twitter: @tdehistorias

Laura J. Freixinet: española, twitter: @laurajfrei

Viviana Álvarez: cubana, twitter: @Viviana57396641

Victoria: venezolana, twitter: @VikyM26

Sergio Ramos Pérez: español, twitter: @PuYouTu

Personajes:


1) Juan argentino
2) José mexicano.
3) Mari Carmen guatemalteca.
4) Manuel de Madrid (España)

5) Viviana de Cuba

6) María de Argentina

7) James y Mycroft los secuestradores

8) Victoria de Venezuela

9) Laura de Valencia (España)

10)   Byron colombiano

Vocabulario:

 “A tomar por culo”: puede usarse para decir algo como “estoy harto” o para alejarse.

 Boludo: Que hace o dice tonterías, se comporta como un estúpido o no es responsable. También usada como expresión de amistad.

 Cabrones: Que actúa con mala intención y que molesta o perjudica a otros con sus faenas o malas pasadas.

 Canche: referido a persona, de pelo rubio y piel blanca.

 Canchero: aparentar superioridad con aires de arrogancia y soberbia

 Candela: este caso cuando algo es maldito o travieso

 Chapina: que es natural de Guatemala

Chicharrón: trozo de carne de cerdo con cuero, pero sin pelo que se fríe en su propia grasa.

 “Chinga a su madre”: frase usada para salir rápido de algún lugar

 Chingón: es muy bueno o que se destaca en determinado ámbito

 Chispudo: en Guatemala, inteligente, listo, ágil, con iniciativa.

 Chonte: persona que se encarga del orden público, agente de policía

 Coño: para expresar distintos estados de ánimo, especialmente extrañeza o enfado.

 “Culo del mundo”: analogía para referirse a un lugar inhóspito o alejado de la civilización.

 “Dar una hostia”: golpear o abofetear a alguien.

 “De baja(da) todos los santos empujan”: cuando algo es fácil, hay muchas manos para ayudar. 

Gilipollas: que es excesivamente tonto o estúpido.

 Guarandinga: baratija, cosa de poco valor.

 Güey: amigo o compañero

 “Hacer esta vuelta”: cometer un crimen

 Jurungarles: registrar los objetos de otra persona, generalmente por curiosidad

 Madrísimo: La madre lo es todo. Es positivo y negativo, lo peor y lo mejor.

 Mamahuevos : Insulto que hace referencia despectiva a quien hace felaciones. 

 Masorra: policlínico de personas con problemas mentales que existió aquí en Cuba, en Masorra, fue tan famoso que ahora cuando alguien quiere decir que estás loco usamos esa frase u otras parecidas.

 Muchá: aleros, grupo de amigos.

 “No mames”: expresión de asombro o incredulidad.

 Naguará: interjección, se utiliza para expresar cualquier emoción (dependiendo de cuál sea el contexto)

 Padrísimo: algo extraordinario en el buen sentido.

 Pana: amigo o compañero

 Patoja: que está en un período entre la niñez y la edad madura

 Parceros:  amigo, compañero, cómplice.

 “¿Sí o qué?”: ¿en serio? ¿verdad?

 Teclas: en México y Costa rica es sinónimo de tetas o senos

 Tombos: policías de bajo rango.

 Tortilla: Alimento guatemalteco de forma circular y plano que se hace con una masa de harina de maíz.

 Vaina: puede significar cualquier cosa, pero también su contraria, buena o mala, sabrosa o insípida, agradable o aburrida, la noche o el día, el verano o el invierno.

 Yalorde: representa a la virgen de la caridad

 Yuma: se refiere a los Estados Unidos.


Anécdotas al escribirlo:



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