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Entradas

La pareja

  -         -  ¡Marta! ¡Vamos Marta! – gritaba David, mientras tocaba la bocina con furia. <<Que vergüenza, iban a llegar tarde a la primera consulta con el terapeuta. ¿Por qué las mujeres se demoran tanto en arreglarse?>> pensaba el marido. Un par de minutos después su esposa se sentaba en el asiento del acompañante. Sacaba su delineador y pintalabios para continuar maquillándose. Amaba el maquillaje, con la tintura y un poco de rubor se sacaba como diez añitos. Nadie le daba sus cincuenta recién cumplidos, hace un par de meses la dijeron señorita y ya es toda una señora. Como le inculcó su madre, “ m`hija  no salgas a la calle sin maquillaje, ni a coger el periódico”, siempre salía retocada. -         -  Por tu culpa vamos a llegar tarde, la sesión comienza con o sin nosotros. Roguemos que el terapeuta esté demorado con otra pareja. En Argentina, dan turnos pero te atienden una hora después. -   ...
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El negocio

  Capítulo 1: Buscando sitios para la nueva sucursal Manuel estaba cansado de Madrid, de sus padres, de las corridas de toros que su padre amaba, de Vox que su madre añoraba, de los movimientos separatistas que le resultaban justos e incomprensibles.   Quería irse pues no aguantaba más. Sus padres son dueños de una cadena de ropa de diseño que viste a las celebridades de todo el mundo, pero eso están forrados en plata.   Una herramienta útil para una mente con un objetivo, lo que el carecía. En su cumpleaños 18 sopló las velitas, con su familia en el desayuno, y le dijeron que pidiera un deseo. El deseo era el mismo de siempre, no había que meditar nada: marcharse de España, pero bien lejos. Viajar de ser posible por el mundo, conectarse con la gente, aunque tenía un problema,   le costaban los idiomas, en Europa no había quien lo reciba.   Mientras exhalaba y las flamas se extinguían, le vino una idea brillante.   Poner una sucursal en Lationoamérica: ...

La huida

  La luna llena iluminaba de manera tenue sus rostros. Las tres mujeres se alejaban lo más rápido que podían de su cazador. Faltaban un par de horas para que se cierre el portal más cercano que las comunicaba con el más allá. La más joven, una muchacha con rasgos indígenas, no dejaba de gritar preguntando por sus hijos. La seguía de cerca, Ubume , una mujer asiática cuyos pechos aún estaban cargados de leche. Y más atrás, la que menos temor tenía. Una mujer con un cuerpo envidiable y uñas afiladas, que escondía su larga cabellera bajo una capucha. A un kilómetro, montado en su caballo el ex sacerdote Vincent   seguía sus rastros. Un hombre corpulento, de no más de 40 años, pelo corto cobrizo y una barba sin afeitar desde hace semanas.  No contaba con más armas que un crucifijo, un hacha y agua bendita. Este líquido era el único que permitía dañar a sus perseguidas. La vieja Biblia gastada chocaba con violencia dentro del bolsillo de su gabardina, tras los galopes del ...